Sólo un puñado de años desde que mi madre me enseñó a escuchar quieta el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo.Digo "quieta" porque me obligaba a permanecer sentada y quieta mientras sonaba.Supongo que quería que yo sintiese esas notas como ella y nunca tuve que decir que las sentí como ella desde la primera vez,desde que era tan sólo una niña.Tanto que después era como si me quedase vacía,como esa sensación que acude después de la emoción interior y ese nudo que se instala en la garganta pero que no es doloroso ni afixiante como otras veces.

Hoy suena en casa el Concierto de Aranjuez y mi madre viene a sentarse a mi lado y me mira y esperamos que llegue el momento más álgido de la pieza,el adagio.A mí me da cierto reparo que vea mis lágrimas aparecer y me da la risa cuando descubro que a ella le pasa lo mismo y le comento que todavía no he encontrado nada más romántico que pasear por los Jardínes del Príncipe en otoño y en soledad.Ella se rie de mí y me mira con complicidad,dice que le recuerdo a mi padre.Nos contamos nuestras cosas,en un susurro y muy despacio.

Y justo en ese instante que ambas esperamos todo se detiene.Todo.Y cada cosa vuelve a su lugar para encajar como piezas de puzzle.Después cada una vuelve a lo suyo,como puede,con una sensación grata y confortable.

Ya ha venido dos veces a pedirme que lo ponga otra vez....y ya le dicho que acabaré inundando el salón.